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PASANDO DE UNA CASA A OTRA

nadjaaa @ 17:28

Sin duda que las cosas obtenidas con mayor esfuerzo se disfrutan y se valoran más, además resultan ser muy duraderas aunque sea en una esfera espiritual, su recuerdo se hace indeleble y si es un objeto material, prácticamente se convierte en un objeto de culto por parte de nosotros. Una especie de trofeo que queda como prueba de haber ganado una dura batalla. En mi caso el recuerdo está asociado a un par de botas tejanas, bastante costosas y que supusieron un gran esfuerzo de mi parte que quiero contarles en este post.

 

            La historia ocurre cuando contaba con veinte años de edad aproximadamente. Había salido de la escuela e ingresado a la universidad, me encontraba cursando el tercer ciclo de mi carrera cuando los problemas económicos se hicieron presentes en el seno familiar y mis padres ya no pudieron seguir costeándome los estudios universitarios. La coyuntura fue de difícil asimilación por quien esto escribe, que estaba por demás acostumbrado a recibir todo de sus padres. Esto creaba el contexto ideal para la valoración del propio esfuerzo que vendría a continuación y la consiguiente alza en la autoestima, bastante golpeada a raíz del abrupto abandono de la universidad. Luego de desatada la crisis, pasé cerca de un mes sin hacer nada, me sentía mal, desmoralizado y sin ganas de iniciar ningún proyecto, algo que con veinte años de edad ya es infrecuente de por sí. Por otra parte el mundo seguía girando y, como todo joven, necesitaba dinero para cubrir ciertas necesidades por lo cual decidí buscar algún trabajo mientras la crisis se resolvía. Es así que, cogiendo el periódico empecé el trabajo de peinado y descarte de los innumerables avisos de empleo, los leía todos, desde jefe de cocina hasta agente inmobiliario. Acudí a un sin número de citas, algunas más decepcionantes que otras en las que había que vender una refrigeradora a la semana como mínimo para poder cobrar un sueldo. Ni hablar, necesitaba algo más rápido y directo, que no requiriese mucha destreza, pues carecía casi totalmente de experiencia. Y el destino me ayudó. En una de las reuniones de jóvenes conocimos a un chico que trabajaba de mensajero, era un trabajo sencillo y no se dependía de nadie, te daban tu trabajo temprano en la mañana, terminabas y te retirabas y cobrabas tu sueldo cada quince días. Era perfecto para mí y le solicité detalles acerca de algunas direcciones dónde podía acercarme a buscar ese tipo de trabajo.

 

            A la semana siguiente acudí a una de las direcciones obtenidas y al día siguiente ya estaba empezando a trabajar, el destino me sonreía. Estaba equivocado. El primer día me dieron un paquete de sobres con las respectivas direcciones de los inmobiliarios a los cuales debía dirigirme, el plano de calles de la zona donde estaban las viviendas y el dinero para los pasajes del día. Terminé bien ese día, al día siguiente lo mismo y así por dos semanas, luego aumentó mi carga de entregas y ya no terminaba tan temprano, al mismo tiempo las zonas iban cambiando y había que caminar más, al cabo de un mes el trabajo me consumía, estaba más delgado que de costumbre y terminaba muy cansado, con los pies muy hinchados. Soporté un mes más y luego me retiré, era demasiado, mi gran altura junto con mi elevado empeine no me permitían caminar durante espacios de tiempo tan extensos. Ahorré todo el dinero de esos dos meses y separé una parte para comprarme un par de hermosas botas tejanas que había visto durante uno de mis recorridos por las calles. Cuando me las probé me quedaban ajustadas pero el vendedor me indicó que el cuero era así, debía ajustarme porque de lo contrario se deformaría con el tiempo. Debía aguantar un par de semanas así y el cuero de la bota se amoldaría a la fisonomía de mi pie. El vendedor no mintió, al cabo de quince días de usar las botas de arriba para abajo, me quedaban como la más cómoda de las sandalias. Han pasado más de diez años y aún uso y conservo mis botas en perfecto estado.

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