NI UN RASGUÑO EN EL INMOBILIARIO
A veces los problemas que implica la convivencia no son resultantes del inmobiliario en sí sino de sus protagonistas. Por otra parte, he conocido a muchas parejas que no han podido adaptarse a una vida de pareja porque el inmueble en cuestión les resultaba muy chico. Es lógico pensar que, las personas acostumbradas toda su vida a espacios amplios, como el que ofrecen los chalets de las zonas residenciales, acusarán el cambio y les resultará difícil mudarse a vivir en un pequeño departamento con un sólo dormitorio. En ese sentido se pueden sentir enclaustrados y terminarán por incomodarse en la mayoría de los casos. En el lado opuesto están las personas que por cuestiones de matrimonio pasan a una casa más grande, en ese caso generalmente no hay mayores roces. Sin embargo no es motivo de mi post ilustrar estas variantes del inmueble mismo sino adentrarme en los irregulares terrenos de la relación misma de la pareja como tal. En efecto, son muchos los problemas que pueden surgir dentro de una convivencia, conozco casos que nada tienen que ver con el espacio de un inmueble, cómo lo puede ser ciertas manías de uno de los miembros de la pareja siendo el orden de la habitación uno de los puntos capitales de las interminables discusiones. Una pareja de amigos estuvo separada por casi tres meses a raíz de un problema que surgió a partir de un par de medias que no aparecieron, imagínense. Pero mi caso es un poco más triste.
Empezaré diciendo que la convivencia con mi pareja no es total y, por cuestiones de la vida, se ve reducida a los fines de semana y, eventualmente algún día de la semana en que pernocto en la casa de mi mujer. Sin embargo hemos sabido encontrar nuestro punto de equilibrio en estos más de cuatro años de relación y cada uno goza de sus propios espacios en los que puede llevar a cabo sus actividades. En un comienzo la relación fue un tanto difícil por que ella tenía problemas con su antigua pareja, quien la acosaba continuamente, por mi parte yo también tenía mis propios problemas en casa. Con el tiempo la situación se fue normalizando y hemos pasado cuatro años muy felices compartiendo tristezas y alegrías como todos. La confianza, la sinceridad y el respeto han sido los pilares de una relación en la que ambos nos hemos involucrado por completo y, lo más importante, en un compromiso para toda la vida. Es un sentimiento tan fuerte el que nos une, que no necesita de papeleo municipal ni de la avaluada venia de un sacerdote regordete. Por todo esto, es que ayer me causó extrañeza que mi mujer me reclamara un rasguño que quien escribe traía en la espalda. ¿Será que estos miedos infundados siempre tienen que rondar fantasmalmente las relaciones sinceras? Trataba de hacerle ver a mi mujer que lo más probable es que me hubiese hecho ese rasguño mientras me entrenaba en el gimnasio pero era inútil. Visto en frío, resulta increíble como las personas podamos ser víctimas del propio mundo en que vivimos, trasladamos las escenas de las telenovelas a nuestra propia vida y nos metemos en papeles que no nos corresponden.
Para hacer justicia, debo decir que la actitud de mi mujer es totalmente comprensible puesto que fue víctima de infidelidades en sus anteriores relaciones, una cruz con la que debo cargar injustamente ahora. En efecto, la desconfianza es un acto totalmente natural y puede llegar a instalarse peligrosamente en medio de una relación. Pero la solución está en la propia persona, basta con que haga un balance de los momentos vividos y sepa valorar las acciones de su pareja en la actualidad. En lo que a mi respecta debo decir que ni siquiera me pasa por la cabeza hacerle daño a mi mujer y, aquí viene lo más importante de todo, soy totalmente consciente de esto en todo instante. De sólo imaginar su decepción, me moriría en ese mismo instante.

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